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  • Juan Francisco Rodríguez

La Dimensión Espiritual de las Organizaciones: Fundamentos de una mística empresarial.


Nos encontramos en un tiempo de florecimiento espiritual. Junto a la ciencia y las artes, la espiritualidad está llamada a jugar un papel protagónico en la construcción de una mejor humanidad y un mejor planeta. Los retos más importantes que enfrentamos como especie requieren de un despertar colectivo de la conciencia que nos permita trascender en nuestras relaciones con otros y con la creación.


De ahí que haya un vivo interés por la espiritualidad en el mundo empresarial contemporáneo. Son varias e importantes las empresas que, en distintos sectores y de muy diversas maneras, han incorporado esta dimensión humana en su cultura, sus prácticas y su identidad institucional. Por poner algunos ejemplos, el retiro de orientación budista “Search inside yourself” de Google, o el programa AWARE de Shell, a partir de meditación, yoga y técnicas de respiración profunda.


Una empresa encuentra su mejor versión cuando se alinean varios factores. Primero, hay un claro sentido de identidad vocacional, las personas se identifican trascendentemente con el propósito común, creen en él y es la fuente de la motivación intrínseca de todo cuanto se hace. Segundo, el trabajo reviste sacralidad y en él se despliegan la pasión, el amor por lo que se hace y el deseo de servir a otros y aportar al bien común.


Tercero, las relaciones interpersonales potencian el talento a partir de la comunión fraterna, la solidaridad y el respeto. Cuarto, los líderes están al servicio de hacer brillar a sus equipos, son ejemplos por su virtuosidad y logran inspirar a otros. Quinto, sus acciones reflejan una conciencia reflexiva y responsable sobre el impacto que estas tienen en lo demás y en el medio ambiente.


A lo largo de estos años trabajando al interior de diferentes organizaciones, hemos tenido la fortuna de ser testigos de muchas búsquedas. Profesionales exitosos, con carreras brillantes que, a su edad, han alcanzado todo aquello que creyeron les traería la alegría perfecta y, aun así, padecen la innegable incompletitud de quien todavía no la ha encontrado.


Trabajadores honestos, compasivos y generosos cuyo corazón es una llama encendida donde sus próximos encuentran calor, paz y luz; místicos cotidianos y simples cuya vida conforta y confronta. Personas que viven en los umbrales de la interioridad, que han empezado a moverse en sentido contrario a la acumulación, el confort y la fama; hacia el despojo, la humildad y el servicio. Líderes capaces de inspirar a sus equipos y despertar su talento, que entienden su vida para los demás y que no temen dejarse mover por el amor.

También, hemos podido ver la asombrosa fuerza de lo simple. El bien que trae el encuentro fraterno, conocer y entrar en comunión con el corazón de quienes tenemos cerca. La poderosa sencillez de la conversación. El milagro del silencio. La gracia transformadora de la alegría. La belleza de la solidaridad. La Verdad que se revela al contemplar la creación.

El mundo, en general, y las organizaciones, en particular, necesitan de un renacer místico. Volver a los saberes esenciales en un genuino espíritu de diálogo y pluralidad.


¿Qué es la espiritualidad?


“Su identidad es el misterio. Y en este misterio se halla la puerta de toda maravilla” (Tao Te King).”


La espiritualidad es una relación, o mejor, una triple relación: con lo divino, con lo humano y con lo cósmico. Una relación que crece, progresa o germina en una transformación completa en el amor: el ser humano libre para amar, en cada circunstancia, en cada momento. Cada escuela de sabiduría o tradición religiosa lo expresa de manera única. Es el camino que mujeres y hombres recorremos en nuestra búsqueda de la Trascendencia y el encuentro con el Bien.


La espiritualidad es también una sabiduría, un conocimiento práctico. En general, las diferentes formas o escuelas conservan una estructura común: una vocación, un conjunto de prácticas y virtudes, y unas formas de reflexión o acompañamiento. También, es usual que se describa el crecimiento espiritual a partir de la metáfora del camino, una sucesión de estadios, un progresivo avanzar de forma definitiva hacia la Plenitud. Quien recorre sus senderos poco a poco va experimentando una transformación profunda: más autenticidad y libertad; mayor capacidad para la compasión y la reconciliación, mayor apertura para la unidad y la conciencia. Sin embargo, también un camino de desprendimiento, abajamiento, humildad y entrega; lo que supone la dificultad de confrontarnos con nuestras tendencias egocéntricas y narcisistas.


En el debate actual, hay una pregunta recurrente: ¿cuál es la relación entre espiritualidad y religión? En algunos círculos, se entiende ‘lo espiritual’ como un desarrollo más libre de una dimensión humana fundamental, y se juzga, con cierta ligereza, ‘lo religioso’ como algo obsoleto, rígido, dogmático o irracional. En realidad, estos dos fenómenos tienen una relación compleja.


Por una parte, lo religioso puede surgir como un lenguaje ritual y simbólico de la vivencia mística, como es el caso de las grandes religiones históricas. En palabras de Javier Melloni, “cada religión ofrece una constelación de creencias, criterios de conducta y rituales para que las personas experimenten que no están solas ni aisladas, sino que forman parte de un tejido de vínculos y relaciones que los hacen entrar en comunión con el Todo liberándolos de la soledad, de la confusión o de la incertidumbre. Cada religión ofrece el legado de una larga tradición donde los diversos elementos tienen coherencia en su conjunto.”


Por otro lado, cuando una escuela espiritual desafía la estructura de una religión tradicional se produce un sisma o una ruptura. Hay muchos casos en la historia, el budismo frente al hinduismo, Moisés y su grupo frente a la religión de Egipto, los primeros cristianos en relación a la religión del imperio romano, entre tantos otros. También se da religión sin espiritualidad; y espiritualidad, sin religión. Esta última, que se puede constatar en la tendencia creciente de personas que se consideran a sí mismas espirituales, pero no religiosas.


¿Hay cabida para la espiritualidad en la empresa?


El lugar que la espiritualidad tiene en la vida empresarial y en el trabajo ha sido objeto de un debate amplio y diverso. Detrás de él, la toma de conciencia de la necesidad que tenemos de conectarnos con esta dimensión esencial de nuestra humanidad. valorado que su inclusión puede aportar y favorecer aspectos centrales en el mundo corporativo contemporáneo: cultura, liderazgo, ética, sostenibilidad y perdurabilidad. Además, nuestro tiempo impone una carga novedosa a nuestra especie: el constante bombardeo de estímulos y entretenimiento; un ritmo frenético de vida donde se extingue el silencio y la libertad.


Esto se ha visto posibilitado por el creciente compromiso que se tiene por servir los intereses de los diferentes stakeholders: accionistas, líderes, empleados, clientes, proveedores y la sociedad civil. La organización se fortalece cuando hay verdadera armonía orgánica, articulada por un propósito compartido. Vamos ganando en conciencia que lo verdaderamente Bueno se traduce en bondad para todos; que las personas desplegamos lo mejor de nuestro ser cuando servimos movidos por el Amor; que podemos estar unidos con quienes nos rodean, y que el futuro de la vida en el planeta está en nuestras manos. No se trata de renunciar a la rentabilidad financiera o la disciplina operativa. Por el contrario, al hacer una opción por un bien mayor, el funcionamiento, el desempeño, las relaciones y la motivación se verán enriquecidas.


Cada compañía tiene, de forma intrínseca, una dimensión espiritual. En algunos momentos, aparece como fuerza de contrapunto, cuando los intereses de un grupo particular se imponen asimétricamente a otros; por ejemplo, cuando hay un sabotaje de los consumidores por malas prácticas ambientales o cuando los empleados sienten vulnerados su derecho a un trabajo digno. Pero también, aparece como impulso de cohesión y sinergia cuando los stakeholders están alineados en sus intereses, valores y creencias. Cuando esto ocurre, encuentran núcleos comunes, creencias compartidas e, incluso, una identificación vocacional. Empleados felices y comprometidos, clientes o usuarios satisfechos y leales, eficacia y eficiencia en el manejo de los recursos, y creatividad e innovación constante.


¿Dónde se juega una organización su dimensión espiritual?


Para identificar los elementos centrales de la DEO, buscamos en las dinámicas organizacionales formas equivalentes a las tradiciones espirituales históricas, compuestas, como hemos dicho por metas e ideales, virtudes, prácticas espirituales y formas de reflexión. Veamos:


Estructura del camino espiritual — Estructura organizacional





El propósito y la misión


En un camino de vida trascendente, las metas e ideales tienen dos niveles. En el primero, delimitan el horizonte vocacional; determinan aspectos claves como la tarea que se ha propuesto, la finalidad con la que comenzó, las actividades que realiza y las necesidades que cubre. En el segundo, estas características se ven articuladas por los ideales o motivos que orientan este camino particular. En la DEO, estos elementos tienen una correspondencia con la misión y el propósito, respectivamente.


La misión suele ser una definición sucinta que expresa y comunica a todos los grupos de interés la razón de ser de la organización: a qué se dedica, quiénes son sus clientes/usuarios, cómo les aporta valor y cuáles sus principios fundamentales. De otra parte, algunas organizaciones han formulado un principio subyacente a la misión al que se le conoce como el propósito; este debe expresar el sentido último, el ideal supremo, la aspiración a contribuir a la sociedad y al mundo de forma concreta. Por esto, cuando está bien definido, tiene la cualidad de permanecer vigente durante décadas, a diferencia de otros componentes de la gestión estratégica que deben adaptarse al contexto del mercado.


Aunque los conceptos misión y propósito están relacionados, no son iguales; los dos interactúan con la interioridad de las personas, pero lo hacen de manera diferente. La misión define la praxis: qué, cómo y para quién. Por esto, tiene un componente afectivo y racional. Gracias a ella, las actividades de líderes y empleados quedan enmarcadas en una dirección concreta, sus tareas contribuyen al desarrollo de esta vocación común, a la vez que sirve como criterio de discernimiento frente a las distintas opciones sobre los servicios, productos, inversiones y estructura interna. La misión delimita la identidad funcional y mantiene el foco.


De otra parte, el propósito define el sentido: por qué o para qué. Por esta razón, su relación es con el espíritu, con el centro trascendente, el corazón. Es por esto que el propósito tiene un efecto profundo en la consolidación de la DEO, pues, independiente de cómo defina cada persona su horizonte último o valor supremo, apela a esta relación con el Misterio. Así, permite a líderes y empleados vislumbrar el fundamento colectivo de su trabajo, o mejor, cuál es el significado existencial que ocupa este en el sentido último de su vida. Cuando el propósito logra asimilarse en todas las actividades, decisiones y relaciones (colegas, los líderes y sus equipos, clientes, proveedores y aliados), el corazón se reorienta y supera la simple motivación económica, el afán de reconocimiento o la tentación de poder. En estos casos la DEO y la espiritualidad individual se nutren y fecundan mutuamente.


Prácticas y Ejercicios


Las prácticas espirituales trabajan reconduciendo la voluntad para trascender el impulso egocéntrico, disponen para la receptividad, dirigen la atención hacia la dimensión última de realidad y visibilizan la virtud en el trato con los demás. En la DEO son equivalentes a los ejercicios y rituales que hacen parte estable de la cultura, y que dirigen la atención de forma conjunta hacia el Bien. Estas pueden ser agrupadas en cuatro planos: laboral, comunitario, individual y social.


En el laboral encontramos aquellas acciones, simbólicas o pragmáticas, que interpelan de forma directa el sentido del trabajo. Por su carácter formal, cotidiano y comunitario, las reuniones son un lugar privilegiado; en ellas hay interacciones de los líderes con sus equipos y entre compañeros, ya sea de la misma área o en grupos interdisciplinares, lo que permite que los rituales que acontecen en ellas tengan un impacto que se replica de forma orgánica. Otros ejercicios están dirigidos a generar un contacto directo entre los trabajadores y los clientes o usuarios, que les permita captar la realidad personal de su labor, lo que ha demostrado tener un impacto crucial, tanto en el desempeño como en la motivación.


En el plano comunitario agrupamos las prácticas que tienen por objetivo fortalecer las relaciones interpersonales y la identidad del grupo. En esta categoría podemos situar las convenciones y reuniones periódicas, las cuales suelen incluir espacios de reconocimientos, dinámicas grupales para el fortalecimiento del equipo (team building) y una alineación compartida del propósito y los valores. Asimismo, fortalecen el sentido comunitario algunas acciones asociadas al lenguaje, como la superación de la distancia que generan los títulos, algo que ha cambiado de forma sustancial en el panorama organizacional colombiano, que había estado siempre tan marcado por las diferencias de estatus en el uso de expresiones como: don, doña o doctor.


En el plano individual tenemos una serie de propuestas que la entidad hace a sus miembros para entrar en contacto con su corporalidad, sus emociones, sus convicciones y su centro trascendente. No se presentan como una imposición semejante a un protocolo o un procedimiento que debe cumplirse. Son recomendaciones que germinan en la voluntad personal y en el ejemplo del comportamiento social. Los ejercicios de autocuidado o los programas que promueven la vida saludable, así como la invitación para empezar o terminar el día en el recogimiento del silencio, la reflexión, la oración o la meditación.


Por último, en el plano social identificamos dos tipos: internas y externas. Las primeras, están dirigidas a que la institución misma tenga en su funcionamiento un impacto positivo sobre la sociedad y el medio ambiente. El uso eficiente y responsable de los recursos, el reciclaje, el ahorro de energía, la reducción de desperdicios y basuras: son las más recurrentes. Por su parte, los ejercicios externos son aquellos en los que la organización moviliza sus recursos en función del bien común, particularmente cuando sus empleados se implican de forma personal en ellos.


Aquellos rituales que trabajan sobre la compasión y el servicio, ejercen una importante fuerza de descentramiento en la persona que considera solo la óptica de su estrecha y privilegiada condición. Como ya dan cuenta todas las tradiciones religiosas, cuando los seres humanos tenemos encuentros profundos con nuestros semejantes, los reconocemos y servimos con cariño –en otras palabras, la vivencia de la alteridad–, o bien cuando nos aproximamos a la belleza trascendente de la naturaleza, entramos en comunión con el Horizonte Último de la vida. Se genera un dinamismo recíproco. El ejercicio solidario con las personas y con el planeta fortalece la relación con el Absoluto, de la misma manera como los ejercicios compasivos ensanchan nuestra conciencia social, planetaria y divina.


Virtudes o valores


El ejercicio de las virtudes se caracteriza por su carácter incondicional. Son el hábito de obrar el bien, por eso, el crecimiento espiritual es una creciente asimilación de la virtuosidad en todos los actos y en todos los momentos. Cualquier práctica o ejercicio puede relativizarse según lo demanden las circunstancias, pero la virtud debe practicarse siempre.


En el mundo empresarial, su equivalente más cercano son los valores, componente omnipresente en las plataformas estratégicas. Si el propósito ejerce como punto focal de la cultura, los valores vienen a ser los pilares que le dan forma. De cualquier modo, esta dimensión axiológica adquiere relevancia solo cuando logra permear todos los elementos de la dinámica organizacional. La estructura, el funcionamiento, los procedimientos, los incentivos, el comportamiento de los líderes: son factores que, cuando no están alineados en los mismos principios rectores, pueden desvirtuarlos. Dichos principios tienen también una dimensión normativa, la cual se manifiestan en aspectos como los códigos de ética y de conducta, los procesos de selección, la evaluación y promoción del talento humano, y los protocolos de servicio, de atención y de seguridad.


Los principios no se convierten en una realidad en la cultura por estar formulados en las definiciones institucionales. Más aún, existen una serie de valores o contravalores asumidos y compartidos que no aparecen en ningún documento oficial; surgen como hipótesis funcionales para resolver problemas en el día a día, pero adquieren un estatus de verdad compartida que se enraíza en la cultura. Son difíciles de identificar porque el comportamiento social los valida una y otra vez. Esto puede dar cabida a una disonancia entre lo ideal y lo real, con nefastas consecuencias para el clima, el desempeño, la sostenibilidad y la longevidad.


Con todo, los valores son el fruto de un consenso relativo e intersubjetivo, y muchas veces están definidos en un espectro muy angosto del quehacer operativo, resultando demasiado transaccionales y superficiales. La virtud, por otra parte, tiene una pretensión universal, aunque esté anclada en las preconcepciones y contextos culturales. Nadie discute hoy asuntos como la importancia que tiene un servicio de calidad y con calidez, ni que es mejor tener equipos tengan buenas relaciones, cooperen entre sí y valoren la diferencia. Es porque en el fondo, allí resuenan la bondad y belleza de la virtuosidad divina.


Lo que la investigación contemporánea en el managementpresenta como descubrimientos revolucionarios, como los beneficios que trae en una comunidad que las personas sean generosas con los demás[1] o que se practique la compasión[2]: hace parte del acervo espiritual de la humanidad desde hace milenios. Compasión y generosidad son virtudes centrales en todas las religiones.


Reflexión Espiritual


En todas las tradiciones hay presente un elemento clave, el ejercicio sistemático de conversar y reflexionar sobre el propio camino, en diversas formas suele estar presente la figura del director, maestro o padre espiritual. En las organizaciones, los miembros tienen conversaciones trascendentales, análogas a estas conferencias o colaciones, en distintos niveles.


En primer lugar, las reuniones donde se toman las decisiones estratégicas, que están a cargo del equipo de liderazgo sénior. Sobre ellos recae un peso importante de la vida espiritual de la compañía, la sindéresis: velar por la congruencia con los elementos constitutivos de la DEO –propósito, prácticas y virtudes–, y discernir en qué invertir los recursos y hacia dónde dirigir el talento según se presenten los retos, tanto internos como externos. Hoy por hoy, la gestión de la estrategia se concibe más como una tarea continua, que unas jornadas puntuales celebradas una vez al año. Estas reuniones periódicas pueden extraviar su sentido si los ejecutivos caen en la tentación de tratar sólo los aspectos del día a día, perdiendo de vista el largo plazo. Riesgo al que se enfrentan también en los niveles tácticos: que en su agenda lo operativo prevalezca sobre lo cultural.


Para enriquecer estos procesos, crece el uso de herramientas diseñadas para captar la perspectiva de los empleados. La más común es el uso de encuestas. Sin embargo, la mirada única que tienen de lo que acontece dentro de los muros, de los elementos no tan fácilmente cuantificables que definen la morfología cultural, no logra ser recogida en su totalidad por estos instrumentos. Esto lleva a muchas instituciones a desperdiciar miradas profundas y sabias, con el potencial de enriquecer la DEO, de las que no dan cuenta los procesos democráticos ni los instrumentos de medición digital. De ahí que sea prudente que todos los equipos dispongan de tiempos específicos para abordar la dimensión trascendente. Esto es, compartir el proceso que cada uno está viviendo, leer colectivamente la realidad y sus retos, y contribuir a mantener el foco en lo importante.


En segundo lugar, están los procesos de mentoría o coaching, que muchas empresas desarrollan para generar puentes entre la experiencia de los líderes y el desarrollo del talento. Se pretende que estas conversaciones periódicas contribuyan, teniendo alguien experimentado como guía, a que la persona confronte su propio trasegar. Aun así, para que esta relación didáctica entre maestro y discípulo sea significativa, el maestro debe haber recurrido un camino en la virtud, la mayor enseñanza la constituye su propio ejemplo.


Por lo anterior, muchas veces no son los líderes, por el simple hecho del cargo que ostentan, las personas más idóneas para servir como maestros de espiritualidad. Existen otros espacios muy importantes para la DEO que llamaremos: las conversaciones informales no estructuradas. Son aquellos encuentros espontáneos, no mediados por los cargos o las responsabilidades, en la que una persona acude a un compañero en busca de consejo y apoyo, fruto de la relación de confianza, así como de la admiración y el respeto por su sabiduría. Son personas que representan nódulos relacionales por la atracción que ejerce su bondad. Ellos son actores clave en los procesos de cambio, pues transforman de forma natural su trato con otros en ocasiones significativas para el crecimiento mutuo.


Retos


Identificamos dos retos significativos, o podríamos decir, dos tentaciones para una empresa que quiera darle más espacio a la búsqueda de trascendencia.


Instrumentalizar la espiritualidad


En forma de parábola: algunas instituciones se relacionan con la espiritualidad como una persona que encuentra un cofre. Siente tal fascinación que lo recoge y lo lleva para su casa. Lo encuentra bello y decorativo, además, le sirve como taburete para alcanzar los lugares más altos, y también para sentarse y descansar. Sin embargo, de tanto encontrarle usos, ha perdido de vista el tesoro que lleva dentro.


En el paradigma tecnocrático actual, la espiritualidad puede quedar reducida a un instrumento. Si bien ganan espacio los programas de meditación, la práctica de la generosidad en los equipos de trabajo, el servicio, la humildad, tener un propósito para contribuir al bien de las personas y la naturaleza, estos siguen supeditados a producir beneficios que puedan ser medidos y evaluados, que los tiene: mejor clima y desempeño, tanto laboral como financiero. Algunos llegan al punto de decir que la espiritualidad es rentable. Y podrá serlo en muchos casos –en el sentido más amplio de la palabra rentabilidad–; pero imponer esta condición de posibilidad a la trascendencia implica ponerle un techo demasiado bajo. Se tiene un cofre útil, pero se olvida el tesoro.


Por ejemplo, hay empresas con apuestas importantes en su cultura por ser organizaciones conscientes y responsables, sim embargo, en ocasiones ceden o negocian sus convicciones en aras del pragmatismo o la ambición. Para el florecimiento de la DEO, la falta de coherencia entre el lenguaje institucional y las opciones o acciones que guían la praxis. En muchos otros casos, el frenesí impuesto por lo “urgente” no permite tomar distancia para juzgar y discernir; lo que ocasiona decisiones erradas y precipitadas. Es necesario tomar regularmente pausas que permitan ganar perspectiva y desacelerar para discernir.


No cruzar el umbral de la interioridad


En muchos casos, las organizaciones se encuentran en un momento equivalente a las etapas iniciales de la vida mística. Estas se caracterizan por la inquietud personal, una atracción que se experimenta hacia el Misterio: lo bello, lo bondadoso, lo simple, el silencio. No obstante, esta búsqueda es todavía muy autorreferencial, el sujeto sigue centrado en sí mismo. No podrá crecer si no se desprende de sus propios intereses; solo así será libre, es decir, podrá ser bueno en todo momento.


Además, la interioridad se ha convertido también en una experiencia de consumo, por lo que, no pocas veces, entra en la lógica líquida y superficial que domina nuestra cultura. Algunas personas no desean establecer vínculos o compromisos que restrinjan el un falso sentido de ‘libre desarrollo de sus creencias’, por lo que toman elementos de distintas tradiciones y los conjugan en una particular amalgama hecha a la medida de sus posibilidades, anhelos y preferencias. En muchos casos, esto conduce a una búsqueda autocomplaciente, narcisista y superficial, pues se desecha todo lo que no concuerda con las definiciones a priori, en las que cada vez se cree más ciegamente.


Pararse en el umbral de la interioridad es como estar en las puertas de un concierto; se escucha la música adentro, pero teniendo la entrada, no vale la pena acampar afuera.

El reto más grande es entrar, y hacerlo hondo.


Extraído y adaptado de la tesis doctoral: "La Dimensión Espiritual de las Organizaciones", por Juan Francisco Rodríguez.


[1] Un ejemplo en Harvard Business Review: Grant, Givers take all, 52-65; Idem, In the Company of Givers and Takers, 90-97. [2]Eje del programa de Google ‘Search Inside Yourself’, creado por Chad-Meng Tan.

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